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La industria juguetera entre 1940-1950:
De los niños privilegiados a los únicos privilegiados son los niños.

Segunda Parte

por Daniela Pelegrinelli.



En el artículo anterior nos referimos al nivel de desarrollo y estructura productiva que había alcanzado la industria juguetera hacia 1946. Ése fue el sustrato tecnológico que hizo posible el reparto de juguetes llevado a cabo por el gobierno peronista, inédito en nuestro país en cuanto a sus alcances. A su vez, y en un movimiento que vuelve sobre sí mismo, la demanda que se sostuvo desde el Estado fue fundamental para consolidar la industria. La distribución de millones de juguetes en distintas y numerosas ocasiones pero sobre todo para Navidad y Reyes, formó parte de las políticas orientadas a mejorar la situación infantil y fue patrocinada fundamentalmente por Eva Perón.

En un comienzo, antes de la creación de la Fundación de Ayuda Social, las licitaciones para proveerse de los juguetes se realizaban a través del Ministerio de Finanzas, por intermedio de la Dirección General de Suministros del Estado, pero luego se realizaron directamente desde la Fundación. El reparto se llevaba a cabo en su mayor parte a través del Correo Nacional, cuyas oficinas eran utilizadas como sedes, pero las escuelas, los sindicatos y las comisarías también tuvieron ese rol. Para acceder a los juguetes no había que provenir, necesariamente, de una familia peronista, bastaba con retirar en la oficina de Correos más próxima un vale que luego iba a ser canjeado en los lugares destinados a tal fin. En todos los hogares-escuela, hospitales y guarderías del país se repartían juguetes, incluida desde luego la Ciudad Infantil "Amanda Allen". La residencia presidencial de Olivos cumplió, eventualmente, esa función (mientras esperaban los niños solían bañarse en la piscina de las instalaciones) y cada año Eva Perón u otras autoridades realizaban un acto multitudinario.

A lo largo de ocho años -entre la Navidad de 1947 y Reyes de 1955- en cada período de fiestas navideñas se repartieron entre dos y dos millones y medio de juguetes, de importancia y calidad disímil: desde pequeños autitos de madera hasta bicicletas. Cada pieza era identificada mediante una viñeta que llevaba la imagen de Perón y Eva y la leyenda "Obsequio para nuestros queridos descamisaditos". También había juguetes con inscripciones de fábrica: "Fundación Eva Perón", "Recuerdo de Eva Perón" o "Perón Cumple".

Las políticas que buscaban facilitar el acceso de los niños a estos artículos no se circunscribieron a los repartos: a través de la Secretaría de Industria y Comercio el gobierno dispuso que durante las fiestas de fin de año todas las jugueterías del país ofrecieran para la venta juguetes "económicos". La fabricación y distribución de esos juguetes fueron organizadas por la CAIJ. Cada fabricante asociado tenía la obligación de cumplir con un cupo y el total era distribuido entre los comerciantes minoristas quienes debían exponerlos para su venta en una mesa especial, bien visible, con indicación de calidad y precio. La cantidad de juguetes económicos disponibles en 1950, por ejemplo, fue de 200.000, y de 320.000 el año siguiente. Hubo también resoluciones que operaron en el nivel nacional (como la que eliminó el impuesto por artículo suntuario que pagaban los juegos de sociedad), y que beneficiaron tanto a fabricantes como a distribuidores y minoristas, de manera que fue posible conseguir mejores precios en la comercialización de los juguetes y facilitar su compra por parte de quienes tenían menores recursos.

Sin duda estas medidas favorecieron también a la industria juguetera porque abrió nuevos canales de comercialización y amplió notablemente el segmento de compradores potenciales. De todas maneras, creemos que el solo hecho de que el Estado fuese el comprador principal implicó de por sí un gran impulso. Muchos pequeños fabricantes se sostenían casi exclusivamente por ser proveedores del Estado, o se consolidaron y expandieron gracias a la existencia de esa fuente segura de recursos que se renovaba cada año. Se podría pensar que al cesar estas facilidades, cuando el gobierno peronista fue derrocado, la industria juguetera decayó. Sin embargo, después de 1955, más exactamente en los últimos años de la década del cincuenta, comenzó su período dorado. La aparición de nuevos materiales, como el plástico, que habrían de revolucionarla; el capital adquirido luego de esos años de trabajo; el aprendizaje logrado a fuerza de tener que responder a una demanda exigente; pero sobre todo un reconocimiento de los juguetes como parte indispensable del bienestar infantil y una ya arraigada práctica de comprarlos, fueron los pilares sobre los que se edificó el segundo período de expansión de la industria juguetera en nuestro país.

En suma, durante el gobierno peronista se estableció una relación inédita entre el Estado, la infancia y los juguetes. Por un lado se produjo un cambio radical y definitivo con relación a estos últimos: se convirtieron en una presencia cotidiana en la vida de los niños, instalando de allí en más la idea de que ellos los necesitaban y tenían derecho a poseerlos. Por el otro, al ser promovido por el mismo gobierno, el regalo hizo a esos niños destinatarios de un legado político, en tanto iba acompañado de un discurso específico que llegaba a través de mensajes radiales y de las mismas viñetas. Los niños fueron incluidos, indudable e inevitablemente, en el proyecto nacional y su gratitud tomó la forma de un deber cívico; fueron llamados a convertirse en la vanguardia política del futuro -tal como Eva Perón subrayaba en muchos de sus discursos- y los juguetes representaron ese derecho y ese deber. Las políticas peronistas centradas en los repartos de juguetes estuvieron sometidas a esta tensión constante entre los beneficios otorgados a una infancia que por primera vez es interpelada como sujeto político, por tanto, capaz de convertirse en continuadora de un proyecto nacional, y las prerrogativas provenientes de esos mismos beneficios. La fuerza que los juguetes regalados tuvieron en la conformación de un imaginario generacional, la indudable presencia de una carga simbólica de la que era difícil sustraerse más allá del uso que se les diera al jugar, pueden tener algo que decirnos sobre el trazado que delineó el mapa político del país en las décadas siguientes. Porque... ¿cómo se olvida a quien fue capaz de comprender el ansia que los inalcanzables juguetes de una vidriera pueden despertar cuando uno es niño?


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